Nadie lee

La película es vieja, por la ropa debe ser de los ochenta. Está Michael Douglas enojado manejando. Su mujer lo dejó. Su amante está embarazada. Acaba de conocer a un escritor que tiene la mitad de años que él y el doble de talento. Su novela, la que todos están esperando, no va ni para adelante ni para atrás. Hay un perro muerto en el baúl y un pibe drogado atrás. Se siente viejo. Cansado. Con frío. El pibe habla. Dice alguna frase de esas de escritores que te hacen decir uauu y él no contesta. Pero en la forma de fruncir la ceja se le nota el asco.

Nadie lee dice sin mover los labios.¿Qué?, pregunta el pibe drogado atrás. Hacemos todo esto, nos preocupamos tanto e igual nadie lee. Silencio.

 

No sirve. No sos buena. No va a funcionar. A nadie le importa. ¿Quién te creés que sos? No vale la pena. Nadie lee.

Está bien, entendí.

Pero …

¿Porqué pensás que va haber un pero?

Porque estás agarrando la máquina de escribir.

Es mi trabajo y es lo que me gusta. Voy a hacerlo igual.

No entendés. No te sale bien.

Estoy buscando un poco de apoyo, ¿podrá ser? Si no, aunque sea el silencio.

No dice nada. Por un segundo. Toma café. Escucho como el líquido pasa por la garganta. Siento la taza chocar contra la mesa. Hasta el silencio puede gritar y decirte que está en desacuerdo. No le hago caso. Sigo escribiendo. Hago como que los dedos son extensiones de la máquina de escribir que me regaló mi papá. Es semi automática. Tiene el teclado de una computadora. No hay espacio entre las teclas. Las presionas suave y funciona. Y se ve como una máquina de escribir.

Es una bazofia dice con voz de pito.

No la escucho. A mi me encanta. Me hace sentir poderosa. Me pongo a escribir. Era una tarde de calor en Santa Teresita. Íbamos todos los veranos de vacaciones y a trabajar. Suena raro pero se puede hacer las dos cosas a la vez. No me acuerdo de algún verano que no haya trabajado. Cuando era muy chiquita me dejaban en el mostrador adelante. Controlá que nadie se lleve nada decía mamá. Después me tocaba doblar. Y poner todo en su lugar. A veces el abuelo me llevaba al depósito y ahí me quedaba toda la mañana. Corriendo por los pasillos. No tires nada gritaba mamá desde abajo. Cuando estuve más grande me quedé en la caja. Hacía los tickets y daba vuelto. Mirá qué nena más simpática decían las viejas amigas de mi abuelo.

¿Eso es lo que vas a escribir?

No le contesto. Me pregunto por qué sigo escuchándola. Hay algo. Será su voz. No sé.

Mamá nunca leyó nada de lo que escribí. Vos sos una genia yo ya lo sé y me daba un beso en la frente. Lo siguió haciendo hasta que mi frente fue más alta que la de ella. Y la última vez desde la cama. A mi viejo le gustaba lo que escribía. Siempre me decía que me tenía que dedicar a esto. A vos te sale bien. Es porque leíste mucho. Se sentía orgulloso cuando contaba que mis primeros libros eran los de él. Los que estaban en casa gracias a que él leía. Papá nunca terminó el colegio. Me aburría me dijo. Me fui a laburar. Me iba bien. Le regalaba cosas lindas a tu mamá. Pero leí mucho. Libros de la segunda guerra mundial y las historietas. El Tony. D’artagnan. Patoruzú. Cuando salía del baño yo iba atrás a leerlas. Me encantaban. El negocio cerraba a la una y volvía abrir a las seis de la tarde. En ese rato había dos cosas para hacer. Ir a la playa o leer. Hacia las dos cosas en partes iguales. Aunque leer en la cama con el ventilador prendido me gustaba más.

Nunca me dijiste por qué quisiste escribir.

No lo se.

¿Porque así te escuchan? ¿Para sentirte importante? ¿Por qué cantar te sale mal?

No. Tal vez porque si escribo es el único momento donde me siento tranquila. En paz.

Y vos estás callada. Me rasco la cabeza. Sigo escribiendo. No hay glamour en escribir.  A veces parece que peleas con el teclado. No hay amante ni perro. No hay mucho más que la hoja y ella. Ella que me mira de costado, que espera que me caiga para decirme te lo dije. ¿Dónde estarán las musas de las que todos hablan?

Con los talentosos contesta de inmediato.

Odio que escuche lo que pienso. Creo que en el fondo me quiere. Por algo está acá y no quiere irse. Sigo. A mi viejo le gustaba tomar sol. Tomaba sol todos los días vaya o no vaya a la playa. Mamá odiaba la playa. Hay mucha gente y la arena. Después de comer salíamos con una sillita cada uno para el mar. A la vuelta hacíamos dos paradas entre las cuatro cuadras que nos separaban del departamento. Una, en el puesto de revistas de Jorgito. Otra, en la heladeria. Jorgito era un mastodonte que visto desde mi perspectiva parecía más una panza caminado que una persona. Papá compraba dos o tres revistas. El Tony seguro. D’artagnan también. Y Mafalda o Patoruzú. A mi me gustaba más Mafalda aunque mi personaje preferido estaba en Tony. Se llamaba Nippur de Lagash. Era una especie de guerrero que deambulaba por el desierto. Era bueno peleando y siempre terminaba caminando solo bajo las estrellas. Un héroe melancólico ponele. Paro y releelo la última frase.  No me gusta dice ella. La leo en voz alta. La repito. La borro.

 

La película termina bien porque es de Hollywood y porque para que funcione toda película tiene que terminar bien. Dar esperanza diría un profesor de guión que tuve. Michael Douglas se hincha las bolas. Y por fin, hace lo que esperás en toda la película. Mandarlos a cagar a todos y decir lo que piensa. Se anima y le dice a su amante que la ama. Presenta al pibito genio con su editor. Tira a la mierda todo lo que había escrito y se pone a escribir. De verdad. Hasta que le sangra el culo. Bueno eso no lo muestran, lo agregué yo. Y termina en una casa con perro, nueva mujer e hijo. Parece contento. Fin.

 

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