3.05 am (Sasha)

Antonio Rojas se despierta con tres gotas de transpiración en el medio de la frente. Abre los ojos. Siente el filo del cuchillo en la garganta. Sabe que si se mueve, se muere. Se agarra de la sábana, la aprieta. Cierra los ojos de nuevo. Vuelve a abrirlos. Se toca la garganta. No hay nada. Se sienta en la cama. Respira con la boca abierta. Son las 3.05.

 

Antonio Rojas sabe lo que va a pasar ahora porque hace cuarenta y nueve noches que le pasa lo mismo. Va a intentar dormirse. Va a verla a ella riéndose arriba de él, desnuda. La va a sentir como si la estuviera cogiendo. Hay olor, un olor intenso, acaramelado que lo hace marear. Se le va a parar y ella lo va a mirar sonriéndole con esos labios rojos, gozándolo. El está listo para acabar y en ese momento ella se va a convertir en un escorpión grande, negro, húmedo que se tira arriba de él. El se va a volver a despertar con más gotas de transpiración en su cabeza y una erección.

 

Era una noche más en el Noite. Las mismas chicas, el mismo whiskey con hielo. La presentaron como la encantadora Sasha. Ella salió detrás de una cortina de hilos dorados. Lo miró fijo. No te había visto antes por acá dijeron sus labios gruesos. Se sentó en sus piernas. Antonio Rojas tuvo una erección inmediata. Me gustas mucho, ¿cómo te llamas? susurró pasándole la mano por el pelo gris opaco. Tres gotas de transpiración aparecieron en la frente arrugada. Antonio Rojas balbuceó. Lo miraba como nadie nunca lo hizo. Deséandolo. Lamiéndolo. Tenía los labios espesos, ondulados y pintados de carmín. El vestido negro le ajustaba bastante el escote. El pelo largo olía a flores. No eran rosas ni jazmines. Era muy dulce y bastante ácido a la vez. Se levantó y empezó a cantar una canción en francés que nunca había escuchado. La voz era ronca, triste. Esa noche Antonio Rojas se fue a su casa al amanecer silbando, cansado y borracho de su olor.

 

Antonio Rojas se despierta con tres gotas de transpiración en el medio de la frente. Abre los ojos. Siente unos dedos fríos y largos apretar su garganta. No puede moverse. El dedo gordo se pasea de abajo hacia arriba por el medio de su cuello. Lo acaricia, lo presiona. Sabe que está solo, que nadie lo va a ayudar. Se agarra de la sábana, la aprieta. Cierra los ojos de nuevo. Vuelve a abrirlos. Se toca la garganta. No hay nada. Respira con la boca abierta. Se seca la transpiración, mira el reloj. Son las 3.05.

 

Se hizo habitué del Noite. Iba de miércoles a lunes. El martes tenía función privada en su casa. Como si fuera un vampiro ella nunca salía antes de las 6 de la tarde. Su show hacía llenar ese cabaret de mala muerte. Cantaba una canción y mientras, se desvestía. Nada especial pero con ella parecía nunca visto. Cantaba canciones en otros idiomas, en francés, en italiano, sabía una en alemán. Siempre tenían el mismo sonido triste y rasposo. El pelo negro caía en su espalda hasta la cintura. Su piel suave y blanca resaltaba entre las luces. Siempre de negro. El único color estaba en sus labios encendidos y en sus ojos que disparaban fuego. Antonio Rojas se sentaba en el mismo asiento desde el día que se conocieron como si al moverse ella pudiera olvidarse de él. La función empezaba a tiempo, ella salía con su vestido negro y su escote y él con una mano en la copa contenía la respiración.

 

Antonio Rojas se despierta con tres gotas de transpiración en el medio de la frente. Abre los ojos. Está todo oscuro. Intenta moverse y se da cuenta que está dentro de una caja de madera sellada. Grita pero de su garganta no sale nada. Trata de golpear pero sus manos no pueden moverse. Siente el aire acabarse, respira jadeando. Cierra los ojos con violencia, los vuelve abrir. Está oscuro pero no hay caja. Respira aliviado. Se pregunta si realmente está solo en la cama. Cierra los ojos imaginándola. Cincuentinueve noches. Siempre 3.05 de la mañana.

 

je t’aime decía en un costado de su cadera. Era el único tatuaje que tenía y Antonio Rojas amaba besarlo. Contame la historia del tatuaje. No hay nada que contar. Quién te dijo eso le preguntaba pasándole los dedos por las letras negras. El la besaba desnuda. Er su hobby, su pasatiempo. Empezaba desde los pies y terminaba en su boca blanda, caliente. Después iba directo al tatuaje. Le pasaba los dedos, lo acariciaba. Jetaim. Se dice sheteem le corregía ella dejándose besar. El se lo repetía una y otra vez. Ella cerraba los ojos y se reía.

 

Antonio Rojas se despierta con tres gotas de transpiración en el medio de la frente. Abre los ojos. Siente la soga apretar su cuello. Es dura, fuerte, áspera. Siente como tiran. Le raspa el cuello, lo lastima. Le duele. El aire apenas pasa por su tráquea. Levanta las manos pero no puede soltarse. Cierra los ojos de nuevo. Vuelve a abrirlos. Se toca la garganta. No hay nada. Respira con la boca abierta como si fuera la última bocanada. Ya no mira el reloj, sabe qué hora es.

 

Antonio Rojas. Su nombre sonaba mágico en sus labios. Lo miraba mientras se la chupaba. Y esos ojos repetían su nombre. Antonio Rojas dijo levantando la cabeza. Nunca me traiciones. Y sin dejar de mirarlo siguió chupándolo. Él sintió su boca caliente, su lengua pasearse por su cuerpo. Jamás.  El olor de su pelo le envolvía la nariz. Jamás dijo antes de perderse en ella.

 

Antonio Rojas pasea por el parque. Los árboles están callados y solo las hojas arman un pequeño murmullo con el viento. La ve. Está detrás de un árbol. Tiene puesto su vestido negro. Lo llama. El camina pero no avanza. Su pie está enredado en una raíz. Quiere soltarse pero la raíz es dura y ahora le agarró toda la pierna. Antonio, vení dice paseándose de árbol en árbol. Ayudame. Ella se ríe. No la ve, solo hay árboles grandes y negros. ¿Dónde estás? Antonio repite. Y esa risa es el ruido de los árboles gigantes que se retuercen y lo agarran cada vez más fuerte. Una raíz le cubre la boca. No puede hablar ni respirar. ¿Dónde estás? Antonio Rojas se despierta con tres gotas de transpiración en el medio de la frente. Abre los ojos y respira. El reloj descansa en la mesita de luz. No lo quiere ver. Se tapa los ojos y se vuelve a dormir.

 

Hacía calor en el Noite. La música estaba fuerte. Los perfumes y los olores se mezclaban armando una neblina que ahogaba la nariz de Antonio Rojas. La esperaba como todos los jueves en la primera fila. Ella hacía el último baile. Se sentó en un costado y pidió un whiskey. Unos ojos azules de pelo rubio se lo trajo. Nunca te vi por acá le dijo. Antonio Rojas tragó saliva y se acomodó sus anteojos negros y grandes. Bueno, empecé hoy. La rubia sonreía. Traía puesto un vestido azul muy corto. Tenía olor a atardecer en la playa. Ella le dejó el vaso y sin dejar de mirarlo se agachó y le dio un beso en el costado de su boca. Justo donde termina el labio. Sus manos jugaron con los anteojos. El pelo le rozó la cara arrugada de Antonio Rojas como si fuera viento de mar. Se perdió en ese olor y se dejó llevar. La rubia se sentó arriba de él y no le dejó ver que la última canción ya había empezado y que una mirada de fuego lo seguía desde el escenario.

 

Esa noche parecía brillar más que nunca. Su cuerpo desnudo iluminaba todo el cuarto. Antonio Rojas estaba acostado y ella se movía como poseída. Adelante, atrás, adentro, más adentro. Sus labios pesados gemían. Antonio Rojas deseó tenerla arriba de él, desnuda y con su olor dulce y ácido para siempre. Ella pareció escucharlo y lo miró riéndose. El estaba ahogado en ese olor pesado, oscuro como un chocolate amargo. Ella se detuvo. Su cara parecía un espejo vacío. Sus ojos eran dos bolas rojas que ardían. Hoy me rompiste el corazón. Antonio Rojas y lo vas a pagar dijo moviendo apenas sus labios. Se levantó y se fue desnuda. Nunca más volvió a verla. Eran las 3.05 de la mañana.

 

Seguime le dicen unos labios carnosos, grandes, rojizos, gastados como si hubieran dado mil besos. Antonio Rojas no camina es como que flota detrás de esos labios. En realidad no es detrás, es al lado, arriba, dentro de esos labios. Los labios se sumergen en aguas transparentes. El agua está caliente. Antonio Rojas se moja todo y sigue a esos labios rubí que lo hipnotizan. Bailan en el agua. Se siente bien. Está flotando al lado de los labios que ahora lo besan y lo hacen reír. Adiós Antonio cantan a coro. Él también canta. Cierra los ojos, los abre y ya no los ve. No hay más labios. El agua está fría y gris. Antonio Rojas no flota, ahora se hunde. Se despierta sobresaltado. Son las 3.05 pero ésta vez en vez de sentir alivio, siente tristeza.

 

No sabemos de dónde venía, pero acá nadie sabe nada de la vida de los demás. El show funcionaba. Siempre son los mismos borrachos. Lo mira de reojo mientras se acomoda el relleno del corpiño. No lo tomes a mal, lindo. Cuando ella salía había el doble. No se de dónde si este pueblo tiene diez cuadras. Pero bueno, era ella, la encantadora Sasha. Ahora solo quedan los mismos borrachos. Se pasa el labial rojo por los labios ya rojos como si fueran a extenderse, expandirse. No vino más. Ni idea a dónde se fue. Desapareció. Una pena, lindo. Minas así no se encuentran dos veces. Lo besó en la mejilla y se fue.

 

Antonio Rojas se prepara para dormir. Piensa en las 3.05 y tiembla. Se acuesta. La sábana cubre su pecho. Los brazos desnudos sobresalen. Las manos se cruzan. Así como si fuera un muerto Antonio Rojas se encomienda a los dioses de la Noche. Duerme. Su respiración es suave y constante. No se mueve. Abre los ojos. No recuerda su sueño. Es más no cree que haya soñado nada. Mira el reloj. Es la noche número sesenta y dos. Hace dos noches que Antonio Rojas ya no sueña, ahora a las 3.05, llora.

 

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